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Rompiendo el Silencio - Volumen 2 - Capitulo 1 PDF Imprimir E-Mail

La Trampa de los Lugares Altos

Con todo eso, los lugares altos no fueron quitados;” 1ª Reyes 22 : 43

En ROMPIENDO EL SILENCIO - VOLÚMEN 1, vimos cómo Elías, ése bendito hombre del remanente, ministró al pueblo de Dios, en Israel, reino del norte, durante el reinado del malvado rey Acab y su demoníaca reina Jezabel. Cuando Elías se enfrentó a las fuerzas del mal, declaró el reino de Dios reparando el altar del Señor y ofreciendo el holocausto. Luego, el Señor recompensó a Su fiel siervo arrebatándolo en un torbellino rodeado de carros de fuego.

El Destino Histórico del Reino del Norte

Recapitulemos lo que le ocurrió a Israel, reino del norte. En la sucesión de los reyes, cada uno de ellos se había ido desviando en idolatría y su relación con el Señor se había ido degenerando. Finalmente, en el año 722 A.C., Israel fue atacado por Tiglat-Pileser, rey de Asiria quien los tomó cautivos y los exilió a Halak, Hara y el rio Gosan.

En el año 930 A.C., Jeroboam se sublevó contra Roboam, hijo de Salomón y formó el reino del norte. Su dinastía duró hasta el año 722 A.C., en que su reino fue llevado cautivo. Desde el 930 A.C. hasta el 722 A.C. hubo una larga sucesión de reyes que anduvieron en los caminos idólatras de Jeroboam, quien introdujo la adoración a un becerro entre las diez tribus de Israel. Este Israel, reino del norte, era también conocido en la biblia por el nombre de Samaria, su capital. La condición moral de este reino siguió su declive hasta llegar a la bancarrota, durante el reinado de Acab y su reina Jezabel

Durante este oscuro periodo, Dios levantó para Su causa al profeta Elías, quien fue revestido de tanto poder, que hasta Acab y Jezabel temblaban con solo oir su nombre. El representó al remanente del pueblo de Dios en una era extremadamente corrupta de la historia de Israel.  Dios, siendo rico en misericordia, advirtió repetidamente al reino del norte que se arrepintiesen de sus pecados, volviesen a Él y recibieran el perdón de sus pecados. Por más de 208 años  empezando por el reinado de Jeroboam y terminando  por el  de Oseas, último rey de Samaria, Dios advirtió repetidamente al pueblo de Israel por medio de muchos profetas – pero fue inútil.

A Elías le sucedió el poderoso profeta Eliseo, al que siguieron Jonás, Amós y Oseas; éste fue contemporáneo de Oseas, último rey de Israel. Pero ninguno de estos profetas pudieron hacer que el corazón del pueblo se volviera hacia Jehová, su verdadero Dios.

La semilla de idolatría había sido plantada en el corazón de Israel por este único hecho de Jeroboam: la introducción de la adoración del becerro. La idolatría se arraigó tan profundamente  en el pueblo que decidieron,  por unanimidad, seguir los caminos paganos de sus padres y no los del único Dios verdadero. Hicieron ésto a pesar del conocimiento que tenían de los caminos malvados de sus padres.

Sin embargo Dios, por medio de esos profetas, levantó y se reservó una minoría de entre la mayoría idólatra – un remanente con un corazón que buscaba al único Dios soberano de Israel. Dios dejó que la mayoría fuera al cautiverio y fuese entregada al reinado opresivo del enemigo.  Ya que habían decidido seguir a otros dioses, sometiéndose a sus reyes, Dios permitió que cayeran, por la pendiente de la idolatría, hasta lo más bajo durante su cautividad. Dios había retirado Su protección de Samaria, reino del norte.

 

El Destino Repetido del Reino del Sur

El escenario cambia ahora a Judá, reino del sur, donde seguiremos la línea del remanente de Dios. Israel, reino del norte, ya no estará en nuestro radio de enfoque.

Dios esperaba que el destino del reino de Samaria fuese un revulsivo para Judá, reino del sur. Este también estaba influenciado por los caminos de Jeroboam por su asociación con Israel, reino del norte. Sin embargo, la caída de Israel en el cautiverio no hizo recapacitar al pueblo de Judá y se volvió a repetir el mismo principio de fracaso. De nuevo, Dios habló al pueblo de Judá por medio de muchos profetas, como Abdías (no el  que estaba en la corte de Acab), Isaías y Jeremías. Pero una vez más fue inútil; todo lo que consiguió, una vez más,  fue levantar y reservar para Sí a un remanente que Le siguió de todo corazón, a pesar de la apostasía política y religiosa que había en Judá.

En el año 722 A.C., tras la caída de Samaria – en Israel reino del norte, Dios, pacientemente, permitió que Judá existiese como reino durante 136 años más (hasta el año 586 A.C.), con la esperanza de que volvieran a Él y restaurarlos. Así es que, Nabucodonosor, rey de Babilonia, atacó Jerusalén y el reino de Judá cayó. El rey, su familia real y la mayoría del pueblo de Dios fueron llevados cautivos, en calidad de prisioneros, a Babilonia.

 

La Trágica Alianza del Reino del Sur

Esto ha sido un breve repaso a la historia de Samaria y Judá que acabó con el cautiverio respectivo de ambas. Ahora queremos seguir la línea del remanente en Judá. Es necesario  mirar y rebuscar en la historia del reino del sur. Empezaremos en el momento puntual en el que muere  Asa, rey de Judá, y le sucede su hijo Josafat:

“Josafat hijo de Asa comenzó a reinar sobre Judá en el cuarto año de Acab rey de Israel. Era Josafat de treinta y cinco años cuando comenzó a reinar y reinó veinticinco años en Jerusalén. El nombre de su madre fue Azuba hija de Silhi. Y anduvo en todo el camino de Asa su padre, sin desviarse de él, haciendo lo recto ante los ojos de Jehová. Con todo eso,  los lugares altos no fueron quitados; porque el pueblo sacrificaba aún, y quemaba incienso en ellos. Y  Josafat hizo  paz con el rey de Israel.”  (1ª Reyes 22:41-44)

Hay una razón por la que podemos aprender mucho de las dos afirmaciones, resaltadas más arriba,  acerca de este rey. Josafat fue contemporáneo de Acab.  El reinado de Asa, su padre, coincidió con el de Acab sólo durante unos pocos años; pero Josafat gobernó sobre Judá durante veinticinco años, la mayor parte de los cuales fueron contemporáneos del reinado de Acab sobre Israel, reino del norte. Este extenso periodo, en el que coincidió con el reinado de Acab, tuvo un profundo efecto sobre él: “Y Jehová estuvo con Josafat, porque anduvo en los primeros caminos de David su padre, y no buscó a los baales,  sino que buscó al Dios de su padre, y anduvo en sus mandamientos y no según las obras de Israel.  Y se animó su corazón en los caminos de Jehová, y  quitó los lugares altos y las imágenes de Asera de en medio de Juda .” (2ª Cron. 17:3-4,6).

Los dos pasajes de 1ª de Reyes y 2ª de Crónicas, citados más arriba, parecen contradecirse. En la última referencia leemos que Josafat quitó los lugares altos. Sin embargo, en la cita anterior se nos dice que no los quitó. Aunque aparentemente sean contradictorios, realmente no lo son. El último pasaje se refiere a los primeros años del reinado de Josafat en Judá, mientras que el anterior tiene que ver con los últimos. Esto se explica, en su contexto, mediante dos versículos – de nuevo uno en 1ª de Reyes y el otro en 2ª de Crónicas: “Y Josafat hizo paz con el rey de Israel.” (1ª Reyes 22:44); “Tenía, pues, Josafat riquezas y gloria en abundancia; y contrajo parentesco con Acab”- ( Cron. 18:1).

En general, Josafat fue un buen rey, pero su alianza con Acab fue un grave error y casi le cuesta la vida. Influenció y comprometió su actitud en cuanto a los lugares altos. Cuando volvía a Jerusalén, escapando por los pelos de una guerra al lado de Acab (en la que éste murió), le salió al encuentro un profeta llamado Jehú, hijo de Hanani, que le dijo: “¿Al impío das ayuda, y amas a los que aborrecen a Jehová? Pues ha salido de la presencia de Jehová ira contra ti por esto.” (2ª Cro. 19:2). Esta afirmación explica el reinado de Josafat.  Como se indica anteriormente, su largo reinado, simultáneo al de Acab, tuvo un profundo efecto comprometedor sobre su comportamiento – especialmente después del casamiento de su hijo con la hija de Acab, en señal de su alianza. Esta boda acabó teniendo penosas consecuencias de idolatría para la  siguiente generación del pueblo de Judá.

 

El Problema Fatal de Ambos Reinos

Es de gran interés para nosotros, en este momento,  quedarnos con las palabras “lugares altos”. Desde el principio hemos mantenido que allí donde se levantaba el altar de Dios siempre había un remanente que adoraba, y, por lo tanto, el fuego ardía sobre él y ese lugar representaba el reino de Dios. Veamos ahora la relación entre el altar de Dios y Su remanente con los lugares altos.

La historia del pueblo judío, en el año 870 A.C., habla de una cultura y civilización bastante desconocidas y sin conexión con nuestro siglo  veinte. Pero, lo que nos importa es el principio que se halla detrás de esta primitiva forma de adoración,  y no las actividades externas. Podemos encontrar paralelismos entre estos lugares altos y el cristianismo de hoy en día. Debemos comprender, primeramente, los símbolos del Antiguo Testamento antes de ver a qué corresponden en la iglesia de nuestros días.

Los cuatro libros de 1ª y 2ª de Reyes y 1ª y 2ª de Crónicas cubren la historia de los hijos de Israel, incluído Israel y Judá. Empezó con el rey Saúl y terminó con el cautiverio de Judá y la caída de Jerusalén – un periodo que va desde el año 1050 A.C. hasta el 586 A.C. Una vez tras otra se mencionan los lugares altos en las escrituras. Eran lugares donde los Cananitas colocaban altares para adorar a Baal. Debe entenderse por lo tanto que, en las escrituras, los “lugares altos” representaban los altares de otros dioses rivales.

Los lugares altos en sí mismos no tienen relevancia alguna. Abundantes en la tierra de Canaán, estos lugares altos representaban la adoración  de ídolos, y los altares allí colocados representaban la soberanía de Baal y otros ídolos. En aquellos lugares altos, los Cananitas sacrificaban incluso a sus hijos en holocaustos para demostrar su adhesión a sus reyes paganos.

Cuando Dios dió a Moisés la ley de adorar en “un santuario central”, le advirtió específicamente a él y a los israelitas contra la adoración en esos lugares altos. “Estos son los estatutos y decretos que cuidaréis de poner por obra en la tierra que Jehová el Dios de tus padres te ha dado para que tomes posesión de ella, todos los días que vosotros viviereis sobre la tierra.  Destruiréis enteramente todos los lugares donde las naciones que vosotros heredaréis sirvieron a sus dioses, sobre los montes altos, y sobre los collados, y debajo de todo árbol frondoso. Derribaréis sus altares, y quebraréis sus estatuas, y sus imágenes de Asera consumiréis con fuego; y destruiréis las esculturas de sus dioses, y raeréis su nombre de aquel lugar.” (Deut. 12:1-3).

Vemos que el Señor estableció que el pueblo de Dios debía adorar en un santuario centralizado, donde el único Dios verdadero eligiera poner Su nombre. Más tarde, ese lugar se identificó como Jerusalén. Cuando los hijos de Israel entraron por primera vez a la tierra de Canaán, a menudo siguieron la costumbre local de colocar sus altares sobre altas colinas, los lugares idólatras de los altares de Baal. Los israelitas tenían clara y estrictamente prohibido utilizar los altares paganos y los lugares altos con el propósito de adorar a Jehová. (ver Num. 33:52; Deut. 7:5; 12:3).

 


 

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